domingo, 28 de marzo de 2010

Nina in the Sky with diamonds (por Nina)

La verdad, me intrigaba un poco qué podría pasar allá arriba. ¿Por qué todos la odiaban tanto? ¿Por qué las uruguayas Leila y Noelia, cada vez que el supervisor Daniel las sorprendía charlando en la línea de las peras y recibían como castigo el dedo índice de Daniel en dirección hacia arriba, se tiraban al piso y lloraban al grito de: “piedaaaaad, a los duraznos no…. Cualquier cosa pero los duraznos nooooo”, mientras Daniel, imperturbable, las arrastraba de los pelos? Ayer lo entendí. Por primera vez, me llevaron a la tan temible “peach house”.

Resulta que ayer la cinta transportadora de las peras se rompió, con lo cual decidieron llevarnos a todos los trabajadores de las peras a la de los duraznos por una hora, mientras se arreglaba el desperfecto. “Por fin voy a saber por qué todos odian tanto la cinta de los duraznos”, pensé despreocupada.

En fila india comenzamos a subir las escaleras. Eché un vistazo y noté el contraste entre las caras inexpresivas, casi de inocencia de aquellos que, como yo, nunca antes habíamos pasado por los duraznos, y la de aquellos otros infelices, como Leila y Noelia que, ya conscientes de su destino, subían los escalones con su vista al piso, como entregados.

La “casa de los duraznos” realmente no me asustó para nada. A diferencia de la de las peras, que sólo tiene dos cintas transportadoras largas en las que se amuchan todos los trabajadores, la de los duraznos consiste en unas diez o doce cintas cortas, en las que sólo caben dos trabajadores por cinta, uno de cada lado. Noté en un primer vistazo que la cantidad de mitades de durazno que pasa por cada una de esas cintas es exponencialmente más alta que la de las peras. Noté también que el ruido de las máquinas de la peach house era agudamente más alto que el de las peras, tanto como para hacer imposible una conversación entre dos personas. Eso no me asustó.


Mamelucos y sonrisas. Evidentemente, estaba por terminar nuestro turno.

“Vos ponete ahí”, me indicaron, mientras me entregaban un elemento parecido a la cuchara dentada que usamos para separar la cáscara del kiwi. Me desplacé hacia la cinta señalada, en la que del otro lado ya se encontraba trabajando un hombre. Se trataba de una persona de procedencia maorí, de unos cuarenta y cinco años mal llevados, con un notable sobrepeso y una mirada cansada, pero bonachona. Al verme llegar, sus ojos parecieron iluminarse un poco, no precisamente por la belleza que exulto con mi mameluco espacial, sino más bien reconfortado por la vista de una presencia humana junto a él.

“¿Qué hay que hacer?”, grité inútilmente, en un inglés sin esfuerzo, ya que imaginaba que iba a serle imposible escucharme. Repetí mi pregunta, esta vez con señas. En señas también, el maorí logró explicarme que con esa cuchara había que sacar las partes podridas de los duraznos. También logré interpretar unos chistes que me hizo en señas, uno en el que me decía que si me quedaba dormida parada me iba a pinchar con la cuchara dentada, y  el otro en el que me mostraba la mejor manera de cortarse la yugular con la misma cuchara. Reí un poco, él también rió. Luego volvió su vista a los duraznos. Su mirada se volvió lúgubre.



Posando con algunos hermanos proletarios...


“Son unos exagerados de mierda. Esto no es tan terrible”, pensé yo inmediatamente, mientras empezaba a buscar duraznitos sobre los cuales poder trabajar.

Lo que sigue es el relato de la experiencia que tuve en una hora que pasé en la casa de los duraznos. Y de cómo logré, sin ningún tipo de narcótico en mi sangre, remontarme en un viaje místico que me dejó al borde de la iluminación… o de la locura:

-          2:05 p.m.: “Al final no entiendo de qué se quejan tanto”, seguía pensando yo, inocente, mientras trataba de rescatar entre los cientos y cientos de duraznitos que pasaban a toda velocidad alguno con alguna mancha marrón que remover. Mi sonrisa seguía intacta, casi burlona, agobiada por un sentimiento de invencibilidad: yo era la única persona que había pasado por los duraznos y realmente no lo había padecido. Probé un duraznito. No estaba tan rico como los duraznos en almíbar, pero bueno.

-          2:12 p.m.: Mi buen humor seguía implacable, a pesar de que empecé a notar que a diferencia de la cinta de las peras, esta se movía mucho más, lo que, al estar apoyada sobre la cinta me provocaba un cierto revoloteo estomacal, no muy cómodo siendo las dos y diez de la tarde, a escasos minutos de haber terminado de almorzar. Decidí ignorarlo y en su lugar tratar de levantarle el ánimo a mi vecino maorí. Le hice un chiste en señas clavando la cuchara sobre una mitad de durazno, lo que le daba la apariencia de una especie de casita de pitufo. El maorí trató de esbozar una sonrisa, creo que para no hacerme sentir mal.

-          2:24 p.m.: El revoloteo en el estómago se empieza a convertir en náusea. Decido alejarme un poco de la cinta, sacando cola. “Esto definitivamente no va a ser bueno para mi espalda”, pienso. Además, ahora encuentro un solo duraznito podrido de cada doscientos más o menos. Por primera vez, bostezo.

-          2:38 p.m.: Los bostezos son incontrolables. Ya ni siquiera busco duraznitos podridos. “Que los agarre el maorí”, pienso. El ruido me está volviendo loca. Mis manos están pegajosas y la espalda me está matando. Necesito sentarme.

-          2:45 p.m.: De lejos logro leer en los labios de un argentino que está en la cinta siguiente una canción que está entonando. Es una canción de iglesia. La canta a todo volumen, como arrepintiéndose de todos sus pecados. Yo no soy católica, así que lo único que atino a esbozar es un: “nananananana Batman, Batman, lídeeeeer”.

-          2:53 p.m.: Encuentro un duraznito con una mancha que juraría tiene la forma de Nueva Zelanda. Claramente distingo en la mancha la isla sur y la isla norte.

-          2:55 p.m.: Encuentro un duraznito con una mancha que se parece a un primo mío.

-          2:57 p.m.: “¡¡¡¡ESE DURAZNO SE MOVIÓ!!!!!! ¡¡¡¡¡SE MOVIÓ!!!!!”, le grito al maorí en un inglés histérico. Con su sola mirada el maorí parece contestarme: “todos se mueven, pelotuda, si están en una cinta transportadora”. – “¡¡¡¡No pero, me saludó!!!! ¿No lo viste??!?!?!?! Dijo “Hello”. GUARDIAS!!!!!!!!!! GUARDIAAAAAAAAAAAS”!!!!

-          3:00 p.m.: Una sombra se acerca hacia mí. Logro distinguir una figura. Parece humana, pero a la vez irradia un fulgor blanco que me llena de una sensación de paz. “El mesías ha llegado”, pienso. De pronto, la figura me habla. “Come on, let´s go back to the pears”, me susurra. Enfoco la mirada. Es Daniel, el supervisor de las peras, que viene a buscarme en su mameluco blanco. Lo sigo, todavía absorta. De a poco, logro volver en mí. Bajo los escalones en silencio, siguiendo la fila india. Esta vez, mi mirada no se despega del piso. Por un momento miro atrás. El maorí me sigue con la mirada. Sus ojos parecen suplicar “por favor, llevame con vos”. No puedo hacerlo, tengo que salvarme a mi misma. “Oraré por ti”, le digo en señas.

 

Este posteo va dedicado a Erick y Eli (foto), incansables trabajadores de la línea de los duraznos. Y para todos aquellos otros caídos en batalla.

martes, 9 de marzo de 2010

¡San se acabó Splach!


Todo concluye al fin, nada puede escapar,

Todo tiene un final, todo termina…


Y sí, san se acabó Splash nomás. El sueño se evaporó, se escurrió como agua entre los dedos, como pedo en una canasta, como pesos argentinos en Nueva Zelanda. De repente me encontré con el final de una etapa, no más empujar gorditos los domingos a la mañana, no más recibir insultos en maorí por pedirle a la gente que no fume al lado de los combustibles, no más manejar el tren mientras el pequeño timmy jocoso en su inocencia prematura, se prepara para devolver al mundo las peras que consumió la noche anterior (ver el capítulo de Nina). It´s over...

Pero no fue tan abrupto, ya que tuvimos una fiesta despedida… ¡¡¡y qué fiesta!!! El último día, el que entre paréntesis puedo decirles fue el “clavo en las uñas” de la temporada, lleno de pandillas y niños ricos, una mixtura de alta combustión en un lugar como Splash Planet. Se los resumo, me pasé todo el santo día en los jeeps que andan a 6 km/h y me cansé de echar boludos porque chocaban. La nota de color la dieron 4 nenitos de mamá, que luego de esperar 45 minutos en la fila (estaba que explotaba) y cansarse de relajar al pobre operador del juego (yo, en este caso), fueron echados en la primera vuelta por un choque absurdo. El último de los adolescentes, antes de irse furioso bajo la atenta mirada del público expectante me dice “estos jeeps andan mal”, a lo que contestó “¿Estás seguro?, me parece que sos vos el que no sabe manejar”, “pero yo saqué el registro y puedo manejar autos grandes”, asevera con su sonrisa burlona, a lo cual yo le respondo: “podés manejar autos grandes pero chocaste con esta mierda que va a 6 km/h, menos mal que el tránsito de Jastings es tranquilo…”.

Sin escala a la partuza, luego de varios juegos grupales, todos con el toqué etílico de fondo (gratis, se puso Mr Splash), fue la hecatombe, la debacle total, una seguidilla de hechos bochornosos que incluyeron a los guardavidas tirándose de cabeza desde los puentes, grupos de terroristas armados escalando los toboganes en sentido inverso a como debe hacerse, en fin, un relajo. Luego de 3 meses de decirle a la gente “esto no se puede hacer, aquello tampoco, atate los cordones que te vas a caer”, se liberó tanta presión, y para qué… En la pista de baile (la pileta con agua caliente de splash) se impuso el pasito “encendiendo el karting sin cebador” y “abro y cierro las puertas del tren para que suba la gente”. Aquí van algunas fotos que, créanme, valen más que mil palabras.

YMCA, ¡también lo bailan en New Zealand!



Se acuerdan del gesto de Xuxa, haciendo los famoso cuernitos que significaba “gente especial, los quiero mucho”, acá tienen a una de las paquitas.



A pedido del público femenino de este blog (cuak!), ¡el anti metrosexual del mes! (y para vos también, Carau)


Luego de la tanda de fotitos, prosigo contándoles qué más hicimos en todo este tiempo de silencio bloguero.

El eje argento-alemán compuesto por Tomás, Gerrit y Calino, decidió demostrar todo el talento con el balón al fútbol neozelandés, entonces fuimos a las pruebas del equipo de Havelock North. ¡Mamita, cómo llovió ese día! y yo fui con mis zapatillitas de trabajo (parecidas a las topper de lona, blancas). Imagínense que cuando llego me dicen “vos debés ser bueno, si viniste con esas zapatillas y encima sos Argentino, no queda otra”. Para qué… me pasé las dos horas en el suelo y en el partido me probaron de número 6 (defensa, para todo aquel que no esté familiarizado con las posiciones). ¿Cómo juegan los neozelandeses? Parecido a Racing, agarran la pelota y la tiran para adelante… jajaja. Una de las últimas jugadas, decido demostrar todo mi talento y en un saque de arco le pido la pelota al arquero, me gambeteo a dos, me resbalo y cuando me sacan la pelota nos hacen el gol… “fue por las zapatillas”, les digo… lo bueno es que pudimos seguir yendo a entrenar con el equipo como un mes más, hasta que Gerrit, exasperado ante tanta brutalidad futbolística (se rumorea que quieren a Caruso Lombardi como DT), dijo: “me cansé de jugar con estos kiwis que lo único que hacen es revolear la pelota, no vamos un carajo más…” y así fue. Rescato varias cosas de la experiencia, primero que nos mintieron como a unas quinceañeras porque nos habían dicho que jugando para ese equipo nos daban 20 % de descuento en una tienda de licores (Gerrit casi se pone a llorar cuando escuchó esto) y también nos habían prometido la presencia femenina en los entrenamientos (Tomás no paraba de peinarse en cada jugada), pero lo único que nos dieron fue una cerveza y la única mujer que vino fue la encargada del predio que tenía 72 años.

Al día de la fecha, llevo cumplido un mes enterito de recolectar frutas: manzanas y peras. La primera semana pensé que no iba a prosperar mucho el tema, ya que llegaba y me iba a dormir del cansancio que tenía, ahora aguanto un poco más. Tanta tela para cortar ha dado este tópico que me reservo todas las anécdotas para el próximo post.

Por lo pronto, los fines de semana (leáse domingos, ya que el picking es de lunes a sábado), me entretengo cambiando las bolsas de basura en Splash y haciendo funcionar la calesita del parque (sí, como están pensando, después de una temporada entera todavía no se dieron cuenta… ¡vamos, carajo!)

¡Y lo más prometedor del tema es que Nina lanzó su carrera como escritora!

Sepan también que el tsunami no pasó de amenaza aunque ayer fui a Napier (la ciudad costera más próxima) y había unas olas que daban miedo. Por las dudas, ya le hice con unas maderas un traje anfibio al baby “Fidy” Capella, así que estamos listos para cuando suba la marea. El otro día estaba chequeando y el auto modelo 87 todavía tiene las alfombras originales, ¿qué tul?

Me despido hasta el próximo post, no sin antes desearles muy buenas noches y mejores amaneceres. ¿Alguien sabe si ya anda el semáforo para ciegos de Diaz Velez y Medrano? Me despierto cada mañana con esta pregunta y en el diario de acá no dice nada. La última, ¿Qué es de la vida del Toti Pasman? ¿Sigue mamando? Grande Diegoooooooo.

Cuatro perlitas para terminar, la primera es un video



Aclaro, no son imágenes tomadas de policías en acción (aunque parezca) aunque recomiendo ver el mismo programa televisivo versión kiwi. Ya sé, lo primero que les viene a la cabeza es el negro de Locademia de policía y Mc phantom… parece filmado encubiertamente pero no tuve que entregar el rosquete ni nada para sacar esta cinta. ¡Talentosos los maoríes, che!



Moderate con el alcohol, mirá como podés quedar: negro y con más pelo.



Esta foto cambió la vida de mucha gente, casi tanto como la de María Julia en tapado (¿se acuerdan? ¡Que épocas!). Podés ser uno más. Animate.



¡Gracias por la magia, hasta la próxima!

lunes, 1 de marzo de 2010

Cagamos la fruta (por Nina)

Ante el prolongado silencio de Pablo para con este blog (“bloqueo de autor”, según sus palabras), he decidido tomar riendas en el asunto (así somos las mujeres, siempre completando el trabajo de los hombres…) y retomar la posta, aunque sea por esta vez. A los ya millones de fanáticos y leales lectores de Calino por el mundo les digo, no desesperen, es sólo por esta vez.

Me encuentro en este momento en plena maratón trabajística, desempeñando labores de vital importancia para la industria neozelandesa de lunes a domingo, los que ya proseguiré a contarles. (Pablo, para no ser menos, también está trabajando los siete días de la semana, pero eso ya se los contará él en el próximo post).

Los días de semana trabajo en una fábrica de frutas enlatadas (léase ensalada de frutas, peras en almíbar, etc.) Mi emocionante tarea consiste en pararme ocho horas al final de las dos cinta de producción, por la que corren millones y millones de peras ya peladas y rebanadas por máquinas (en cuartos y medios, respectivamente). Y ya que las máquinas nunca podrán reemplazar el trabajo del hombre, estas peras son luego maniobradas en la cinta por las expertas manos de los trabajadores, en su mayoría japoneses, argentinos y chilenos. Estos empleados se ocupan, cuchillo en mano, de darles el toque artesanal a las peras (sacarles los restos). Allí es cuando comienza mi trabajo, como decía, al final de la cinta: con un colador, tomo muestras de 6 o 7 peras salidas de la cinta y busco todo tipo de imperfecciones que puedan haber quedado, desde cachitos de cáscara, cabitos, pelusas, dedos de trabajador japonés, etc., (a los lectores neozelandeses, si los hubiere, quiero tranquilizarlos, hasta ahora no encontré ningún dedo de ninguna procedencia) y luego anoto los resultados. A eso le llamamos “control de calidad”.

Pero mis funciones no terminan ahí: cada una hora, además, llevo un par de muestras de las peras ya cocinadas y enlatadas al laboratorio, las abro y hago un segundo testeo de calidad, que consiste en medir con un instrumento (que francamente, no tengo idea como se llama, así que lo llamaré pichirulo) la dureza (o blandeza) de las peras ya cocinadas. Y de nuevo, vuelco los datos arrojados en una hoja. (Ahí es cuando siempre aprovecho para hacer un pequeño tercer testeo de calidad, donde mido qué tan ricas están las peras[1]).

Pero la verdad es que entre testeo y testeo, siempre me quedan baches de mucho tiempo libre, lo cual estaría bueno si pudiera aprovechar para hacer cualquier otra cosa en vez de tener que quedarme parada ahí, al final de la cinta de producción, mirando a los infelices trabajar. Como los que me conocen saben que soy un poco inquieta, lo que hago entonces es calzarme los guantes y, cuchillo en mano, me sumo a los infelices.

Para los que pensaban que trabajar en una cinta de producción en una fábrica es un trabajo aburrido, tengo que decirles, se quedaron cortísimos. Es un sinfín de peras circulando por una cinta que no para de moverse, ni cuando hay que estornudar, ni para suspirar, ni para rascarse el pupo. Mitos urbanos dicen que hay quien se ha lanzado sobre la cinta en busca de un suicidio seguro por rebanamiento. En nuestro caso, para paliar el aburrimiento, algunos optan por cantar, otros por silbar, otros por llorar, otros por planear atentados sobre fábricas de frutas enlatadas. En mi caso particular, como fui beneficiada con el don de la imaginación, mi mente se somete en esos momentos a una cadena interminable de pensamientos fútiles, casi siempre con el mismo inicio. Aquí les dejo algunos ejemplos:

Cadena de pensamientos n°1: “Qué verde que está esta pera. Me recuerda a “La Ola Verde”. ¿Qué será de la vida del tipo que hacía de Grock? ¿Y de Pelín? Esos programas no se comparan con los de ahora. ¿Vas a comparar a los Teletubbies con eso? “Oa! Oa!”… Pedazos de descerebrados... Con razón los chicos de ahora crecen tan salames. Y se vuelven floggers. ¿Seguirán existiendo los floggers en Argentina? ¿Seguirá siendo Cumbio uno de los ídolos nacionales? Ah no, cierto que ahora la reemplazaron con Ricardo Fort…”

Cadena de pensamientos n°2: “Qué verde que está esta pera. Me pregunto qué pasaría si le clavo este cuchillo al japonés este que está al lado mío. Probablemente se muera. Probablemente se llene todo de sangre. Y la sangre caiga sobre la cinta. Y termine sobre la lata de peras en almíbar. Eso no va a ser muy bueno para el negocio. Y tengan que cerrar la fábrica. Y me quede sin trabajo. Por ahí me conviene dejarlo para el último día…”

Y así…

Pero por suerte no todo son peras y asesinatos de japoneses en mi vida en Nueva Zelanda, ya que después de una ardua semana luciendo un mameluco -que por mis pequeñas dimensiones me asemeja más a un astronauta que a un obrero de fábrica- llega la recompensa: los fines de semana trabajo en un parque de diversiones!!! (Sí, el mismo en el que Pablo empuja a los gorditos que se quedan en el karting). Aaaahhh… eso sí que es felicidad. El sol… los juegos… los chicos en malla luciendo sus músculos… las sonrisas de los niños cuando dan vueltas en la calesita… la caca en la pileta del pequeño Johnny que no llegó al baño… el vómito en el piso de la pequeña Jenny, que se mareó en la calesita y dejó terrible pato… Sí, entre mis tareas en el parque se encuentra la de la limpieza, y ahí es cuando el ciclo de la vida se muestra en su mayor esplendor: en la semana veo el inicio de la cadena vital de la fruta (Pablo la recoge –ya les contará-, la fábrica las pela y las enlata)… y los fines de semana recojo sus desperdicios, que justo vinieron a quedar en el hoyo más profundo de la cancha de minigolf (el pequeño Timmy no llegaba al baño, esa vez, y entonces decidió hacer “hoyo en uno”). De ahí entonces, -y me disculpo por lo escatológico que se tornó de repente todo esto - el título de este post.

Pero bueno, la realidad es que la estamos pasando de maravillas en Nueva Zelanda. No, no es una ironía, es en serio (a pesar de que este post parezca indicar lo contrario), pero las partes divertidas ya se las contará Pablo. Solamente quise hacerles un pequeño relato de esta instancia del viaje por la que estamos transitando, que es la parte más “working” de nuestra visa “Working Holiday”. Espero que lo disfruten y me despido con un gran abrazo para todos, mientras sigo rezando por una pronta llegada de la parte “holiday” de la visa.

Nina


[1]Por si Adrian lee ese párrafo, no es robar!! Como yo lo veo… yo les hago el testeo de sabor y ellos me lo pagan con un par de pedacitos de fruta en mi estómago. Todos ganan.