Resulta que ayer la cinta transportadora de las peras se rompió, con lo cual decidieron llevarnos a todos los trabajadores de las peras a la de los duraznos por una hora, mientras se arreglaba el desperfecto. “Por fin voy a saber por qué todos odian tanto la cinta de los duraznos”, pensé despreocupada.
En fila india comenzamos a subir las escaleras. Eché un vistazo y noté el contraste entre las caras inexpresivas, casi de inocencia de aquellos que, como yo, nunca antes habíamos pasado por los duraznos, y la de aquellos otros infelices, como Leila y Noelia que, ya conscientes de su destino, subían los escalones con su vista al piso, como entregados.
La “casa de los duraznos” realmente no me asustó para nada. A diferencia de la de las peras, que sólo tiene dos cintas transportadoras largas en las que se amuchan todos los trabajadores, la de los duraznos consiste en unas diez o doce cintas cortas, en las que sólo caben dos trabajadores por cinta, uno de cada lado. Noté en un primer vistazo que la cantidad de mitades de durazno que pasa por cada una de esas cintas es exponencialmente más alta que la de las peras. Noté también que el ruido de las máquinas de la peach house era agudamente más alto que el de las peras, tanto como para hacer imposible una conversación entre dos personas. Eso no me asustó.

Mamelucos y sonrisas. Evidentemente, estaba por terminar nuestro turno.
“Vos ponete ahí”, me indicaron, mientras me entregaban un elemento parecido a la cuchara dentada que usamos para separar la cáscara del kiwi. Me desplacé hacia la cinta señalada, en la que del otro lado ya se encontraba trabajando un hombre. Se trataba de una persona de procedencia maorí, de unos cuarenta y cinco años mal llevados, con un notable sobrepeso y una mirada cansada, pero bonachona. Al verme llegar, sus ojos parecieron iluminarse un poco, no precisamente por la belleza que exulto con mi mameluco espacial, sino más bien reconfortado por la vista de una presencia humana junto a él.
“¿Qué hay que hacer?”, grité inútilmente, en un inglés sin esfuerzo, ya que imaginaba que iba a serle imposible escucharme. Repetí mi pregunta, esta vez con señas. En señas también, el maorí logró explicarme que con esa cuchara había que sacar las partes podridas de los duraznos. También logré interpretar unos chistes que me hizo en señas, uno en el que me decía que si me quedaba dormida parada me iba a pinchar con la cuchara dentada, y el otro en el que me mostraba la mejor manera de cortarse la yugular con la misma cuchara. Reí un poco, él también rió. Luego volvió su vista a los duraznos. Su mirada se volvió lúgubre.

Posando con algunos hermanos proletarios...
“Son unos exagerados de mierda. Esto no es tan terrible”, pensé yo inmediatamente, mientras empezaba a buscar duraznitos sobre los cuales poder trabajar.
Lo que sigue es el relato de la experiencia que tuve en una hora que pasé en la casa de los duraznos. Y de cómo logré, sin ningún tipo de narcótico en mi sangre, remontarme en un viaje místico que me dejó al borde de la iluminación… o de la locura:
- 2:05 p.m.: “Al final no entiendo de qué se quejan tanto”, seguía pensando yo, inocente, mientras trataba de rescatar entre los cientos y cientos de duraznitos que pasaban a toda velocidad alguno con alguna mancha marrón que remover. Mi sonrisa seguía intacta, casi burlona, agobiada por un sentimiento de invencibilidad: yo era la única persona que había pasado por los duraznos y realmente no lo había padecido. Probé un duraznito. No estaba tan rico como los duraznos en almíbar, pero bueno.
- 2:12 p.m.: Mi buen humor seguía implacable, a pesar de que empecé a notar que a diferencia de la cinta de las peras, esta se movía mucho más, lo que, al estar apoyada sobre la cinta me provocaba un cierto revoloteo estomacal, no muy cómodo siendo las dos y diez de la tarde, a escasos minutos de haber terminado de almorzar. Decidí ignorarlo y en su lugar tratar de levantarle el ánimo a mi vecino maorí. Le hice un chiste en señas clavando la cuchara sobre una mitad de durazno, lo que le daba la apariencia de una especie de casita de pitufo. El maorí trató de esbozar una sonrisa, creo que para no hacerme sentir mal.
- 2:24 p.m.: El revoloteo en el estómago se empieza a convertir en náusea. Decido alejarme un poco de la cinta, sacando cola. “Esto definitivamente no va a ser bueno para mi espalda”, pienso. Además, ahora encuentro un solo duraznito podrido de cada doscientos más o menos. Por primera vez, bostezo.
- 2:38 p.m.: Los bostezos son incontrolables. Ya ni siquiera busco duraznitos podridos. “Que los agarre el maorí”, pienso. El ruido me está volviendo loca. Mis manos están pegajosas y la espalda me está matando. Necesito sentarme.
- 2:45 p.m.: De lejos logro leer en los labios de un argentino que está en la cinta siguiente una canción que está entonando. Es una canción de iglesia. La canta a todo volumen, como arrepintiéndose de todos sus pecados. Yo no soy católica, así que lo único que atino a esbozar es un: “nananananana Batman, Batman, lídeeeeer”.
- 2:53 p.m.: Encuentro un duraznito con una mancha que juraría tiene la forma de Nueva Zelanda. Claramente distingo en la mancha la isla sur y la isla norte.
- 2:55 p.m.: Encuentro un duraznito con una mancha que se parece a un primo mío.
- 2:57 p.m.: “¡¡¡¡ESE DURAZNO SE MOVIÓ!!!!!! ¡¡¡¡¡SE MOVIÓ!!!!!”, le grito al maorí en un inglés histérico. Con su sola mirada el maorí parece contestarme: “todos se mueven, pelotuda, si están en una cinta transportadora”. – “¡¡¡¡No pero, me saludó!!!! ¿No lo viste??!?!?!?! Dijo “Hello”. GUARDIAS!!!!!!!!!! GUARDIAAAAAAAAAAAS”!!!!
- 3:00 p.m.: Una sombra se acerca hacia mí. Logro distinguir una figura. Parece humana, pero a la vez irradia un fulgor blanco que me llena de una sensación de paz. “El mesías ha llegado”, pienso. De pronto, la figura me habla. “Come on, let´s go back to the pears”, me susurra. Enfoco la mirada. Es Daniel, el supervisor de las peras, que viene a buscarme en su mameluco blanco. Lo sigo, todavía absorta. De a poco, logro volver en mí. Bajo los escalones en silencio, siguiendo la fila india. Esta vez, mi mirada no se despega del piso. Por un momento miro atrás. El maorí me sigue con la mirada. Sus ojos parecen suplicar “por favor, llevame con vos”. No puedo hacerlo, tengo que salvarme a mi misma. “Oraré por ti”, le digo en señas.

Yani: Por lo que comentas esa planta procesadora de frutas puede ser un acelerador de protones encubierto, donde los duraznos son los protones y las peras y manzanas solo un poco de humo para tapar la situación. Así empezó el proyecto de "la máquina de Dios". Por las dudas no te saques ni el mameluco ni los protectores auditivos, porque así empezaron Tony y Douglas (buscando duraznos podridos) del "Tunel del Tiempo" y todavía no volvieron!!!. Beso Enorme!!! Aguanten las peras!!!
ResponderEliminarEl camino al infierno, pero volviste sana y salvo, cuanto pena tengo por tu compañero maori, destinado a pasar su vida casi encadenada por la cinta. Me encantó Ninja y sabes, adri lo estaba leyendolo desde la otra pieza, a los gritos matandose de risa.
ResponderEliminarHacete la buena con Daniel porque si no te dan el mamelook y las botas de souvenir, vas a tener que robarlos!!! Beso mi astrokiwi
Impecable descripción!
ResponderEliminarPensaste en provocar algún desperfecto también en esa cinta? (incluso arrojando al maorí sobre ella)
Saludos!
aajhaa que increible..
ResponderEliminaryo pase por todo eso...
ajjaa watties que grandes recuerdos.
creo que la peor posicion es tomates inside. ahaha
estuve 21 dias sin parar trabajando ahi durante 12 horas diarias
ahaha
el olor es terrible.
no tengo malos recuerdos de las peras y durazno porque me encantaba comerlos!
ahaha.
espero que siga todo bien
mucho exito en su aventura.
un abrazo desde chile.
Muy bueno: entra cuchillo, sale tripa (de durazno....)!!
ResponderEliminarSaludos para ambos
CHECHUUU!!!!
ResponderEliminarNINA...IMPECABLE...LO QUE ME REI CON EL MAORI.. SUPLICANDO QUE LO RESCATES....
BESOS SALUDOS A PABLI
Y EL PONCHO... Y LA MOTO...Y CANDELAAA
CHICOS!!! Muy bueno todo como siempre, Nina, aunque no te conozco en persona, me imaginé tus gestos y caras en esos momentos, que risa. Volví de vacaciones y me actualicé con el blog. Tengo una amiga que se acaba de ir para allá y lo primero que hice fue recomendarles su blog que lo leyó en el avión. Saludos desde Bue!!!
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